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Que la pantalla no exista

Sobre «La ilusión del rubio (versión audiovisual)», por Anita Recabarren

La adrenalina al conocer un nombre más de unx desaparecidx. La adrenalina de la denuncia. La adrenalina del grito. La adrenalina de querer saber, de querer encontrar. La adrenalina de estrenar, de estar en escena.
El actor me acompañó. Y contuvo, siento. Una temática entre sensible y “aterradora”, ¡claro que quería contención!, una historia con secuencias del horror contada como caricia y también como llanto emotivo. Una historia más sobre la parte terrible de la historia. La violencia, el poder, el poder, el poder. El actor medium de Facundo, me dio todo lo que necesitaba para el prejuicio del inicio: mi hiena miraba de reojo y él me dejó. De fondo pensaba en qué poco me gusta la actuación con micrófono, cosa de la cual me olvidé a los pocos minutos. En medio de esa transición me dio un pellizco agudo de esos que se hacen rápido con el pedacito de uña que sobresale del dedo.
Más allá de cambiarse de ropa en nuestra cara sin piedad, es cierto que esos dos aparecen, y no solo porque se nombren. Están. Entré y ahí es donde digo que el actor generosamente acompaña. No sé quién es Facundo todavía pero está claro que me lo va a contar. Las ganas de conocer su historia no pararon hasta la mañana siguiente del día que vi la obra, y me tuve que poner a leer entrevistas a la madre de Facundo, notas, cosas por el estilo. Es que cada vez que vemos una foto más, un rostro nuevo, un nombre que se nos clava en la memoria, víctima de gatillo fácil, de la mafia de la policía, del abuso de poder, de la desigualdad social, del clasismo, racismo y portación-de-carismo como norma, de la solemnidad inútil de las instituciones, la burocracia y el Estado tan aclamado y tan horizonte esperanzador para muchxs; la esperanza de que algo de todo esto cambie, un poco se desvanece y otro poco se alimenta de la rabia y el dolor, de la convicción de que el sistema es injusto y que podemos cambiarlo con la lucha y la resistencia. Mientras tanto otrx desaparecidx en democracia. Lo dicen en la obra. Sí, hay cosas muy explícitas. Seguí adentro igual, y cómo es brindada esa cantidad de data concreta fue un gran acto de generosidad. Me hizo necesitar que se nombre lo explícito, que se denuncie. Y esto, que automáticamente puede llevarte a una idea de teatro discursivo, no les pasó a mis ojos inexpertos y profundos. Y digo “mis ojos” pero es mi cuerpo entero. Porque fue un gran unipersonal de una cotidianeidad, de unos modos, de unas cositas propias de una personita propia, o personaje, o lo que quieras. Y tenía matices y te podía mover con su respiración. Como haciendo contact con el actor y con la ficción, para ir conectados, en la misma historia, pero desde la respiración y el recorrido emocional, con la intención o la intuición. Qué loco, asocio con el contacto-improvisación, una danza totalmente del encuentro concreto de los cuerpos, mientras trato de escribir sobre algo del estallido de “La ilusión del rubio», una obra de teatro virtual.
Ahí en la escena, el Rubio del pasaje dice «la tecnología de la ficción nos permite el encuentro». No me lo estoy tatuando, pero me parece muy pertinente nombrarlo y me libera un poquito de algunos prejuicios sobre el teatro en la virtualidad, y eso me encanta. Porque que no se haya dejado de hacer era la única manera de que no desapareciera.
“La ilusión del rubio” tenía todo para ser discursivo, tenía todo (esto es literal, porque sucede en el Teatro de los recursos y las posibilidades) para ser más un audiovisual genial que una obra de teatro, y no sucedió. Sonrío por eso, brindo. Entre otras cosas por la sensibilidad y la crudeza de la historia e insisto, por la generosidad y la entrega del actor. Había algo ahí de la actuación latiendo en vivo como en el teatro presencial, de lo sincrónico (¡aunque no!). Había incluso algo de dos cuerpos, de las dos personas. Martin Slipak comienza diciendo «Este es mi cuerpo. Se sabe dónde está. Está presente», mientras se inicia (llevándome de la mano) en el camino de interpretar con él el cuerpo de un pibe desaparecido. Qué fuerte, ¿no? (sigo pensando en la entrega del actor). No en vano me tuve que poner a leer a la mañana siguiente sobre su historia, Facundo, el gatillo fácil, la última dictadura cívico-militar en Argentina, la policía narco, la policía que maneja la trata, recordando frases de la obra: “la verdad tiene un precio y cuesta cara la verdad”. Quiero decir que, además de la obra, la actuación, la puesta entera… La historia de Facundo Rivera Alegre. Una particularidad que se abraza y se hace memoria, pero que tristemente, no es nada original; los lemas son «ni unx pibx más», «ni unx muertx más», «nunca más», porque es unx más víctima de la impunidad y del abuso de poder, del sistema en general tanto como de personas concretas cumpliendo cargos concretos, de personas concretas que miran para un costado, de «juicios irregulares», entre mucho más. Y ahí el teatro, y las historias como una necesidad. Ese actor que solía ver en la pantalla. Esta no era la excepción pero algo hizo que sí lo sea, que la pantalla no exista. Me fumé uno con Facundo y me reí, como también me saturó su personalidad explosiva. Y mi cuerpo estuvo presente, atento, sensible. La adrenalina de una marcha, de un grito liberador, de estar en escena, de la búsqueda incansable.
La adrenalina al conocer un nombre más de unx desaparecidx. La adrenalina de la denuncia. La adrenalina del grito. La adrenalina de querer saber, de querer encontrar. La adrenalina de estrenar, de estar en escena.
El actor me acompañó. Y contuvo, siento. Una temática entre sensible y “aterradora”, ¡claro que quería contención!, una historia con secuencias del horror contada como caricia y también como llanto emotivo. Una historia más sobre la parte terrible de la historia. La violencia, el poder, el poder, el poder. El actor medium de Facundo, me dio todo lo que necesitaba para el prejuicio del inicio: mi hiena miraba de reojo y él me dejó. De fondo pensaba en qué poco me gusta la actuación con micrófono, cosa de la cual me olvidé a los pocos minutos. En medio de esa transición me dio un pellizco agudo de esos que se hacen rápido con el pedacito de uña que sobresale del dedo.

» Es que cada vez que vemos una foto más, un rostro nuevo, un nombre que se nos clava en la memoria»

Más allá de cambiarse de ropa en nuestra cara sin piedad, es cierto que esos dos aparecen, y no solo porque se nombren. Están. Entré y ahí es donde digo que el actor generosamente acompaña. No sé quién es Facundo todavía pero está claro que me lo va a contar. Las ganas de conocer su historia no pararon hasta la mañana siguiente del día que vi la obra, y me tuve que poner a leer entrevistas a la madre de Facundo, notas, cosas por el estilo. Es que cada vez que vemos una foto más, un rostro nuevo, un nombre que se nos clava en la memoria, víctima de gatillo fácil, de la mafia de la policía, del abuso de poder, de la desigualdad social, del clasismo, racismo y portación-de-carismo como norma, de la solemnidad inútil de las instituciones, la burocracia y el Estado tan aclamado y tan horizonte esperanzador para muchxs; la esperanza de que algo de todo esto cambie, un poco se desvanece y otro poco se alimenta de la rabia y el dolor, de la convicción de que el sistema es injusto y que podemos cambiarlo con la lucha y la resistencia. Mientras tanto otrx desaparecidx en democracia. Lo dicen en la obra. Sí, hay cosas muy explícitas. Seguí adentro igual, y cómo es brindada esa cantidad de data concreta fue un gran acto de generosidad. Me hizo necesitar que se nombre lo explícito, que se denuncie. Y esto, que automáticamente puede llevarte a una idea de teatro discursivo, no les pasó a mis ojos inexpertos y profundos. Y digo “mis ojos” pero es mi cuerpo entero. Porque fue un gran unipersonal de una cotidianeidad, de unos modos, de unas cositas propias de una personita propia, o personaje, o lo que quieras. Y tenía matices y te podía mover con su respiración. Como haciendo contact con el actor y con la ficción, para ir conectados, en la misma historia, pero desde la respiración y el recorrido emocional, con la intención o la intuición. Qué loco, asocio con el contacto-improvisación, una danza totalmente del encuentro concreto de los cuerpos, mientras trato de escribir sobre algo del estallido de “La ilusión del rubio», una obra de teatro virtual.
Ahí en la escena, el Rubio del pasaje dice «la tecnología de la ficción nos permite el encuentro». No me lo estoy tatuando, pero me parece muy pertinente nombrarlo y me libera un poquito de algunos prejuicios sobre el teatro en la virtualidad, y eso me encanta. Porque que no se haya dejado de hacer era la única manera de que no desapareciera.
“La ilusión del rubio” tenía todo para ser discursivo, tenía todo (esto es literal, porque sucede en el Teatro de los recursos y las posibilidades) para ser más un audiovisual genial que una obra de teatro, y no sucedió. Sonrío por eso, brindo. Entre otras cosas por la sensibilidad y la crudeza de la historia e insisto, por la generosidad y la entrega del actor. Había algo ahí de la actuación latiendo en vivo como en el teatro presencial, de lo sincrónico (¡aunque no!). Había incluso algo de dos cuerpos, de las dos personas. Martin Slipak comienza diciendo «Este es mi cuerpo. Se sabe dónde está. Está presente», mientras se inicia (llevándome de la mano) en el camino de interpretar con él el cuerpo de un pibe desaparecido. Qué fuerte, ¿no? (sigo pensando en la entrega del actor). No en vano me tuve que poner a leer a la mañana siguiente sobre su historia, Facundo, el gatillo fácil, la última dictadura cívico-militar en Argentina, la policía narco, la policía que maneja la trata, recordando frases de la obra: “la verdad tiene un precio y cuesta cara la verdad”. Quiero decir que, además de la obra, la actuación, la puesta entera… La historia de Facundo Rivera Alegre. Una particularidad que se abraza y se hace memoria, pero que tristemente, no es nada original; los lemas son «ni unx pibx más», «ni unx muertx más», «nunca más», porque es unx más víctima de la impunidad y del abuso de poder, del sistema en general tanto como de personas concretas cumpliendo cargos concretos, de personas concretas que miran para un costado, de «juicios irregulares», entre mucho más. Y ahí el teatro, y las historias como una necesidad. Ese actor que solía ver en la pantalla. Esta no era la excepción pero algo hizo que sí lo sea, que la pantalla no exista. Me fumé uno con Facundo y me reí, como también me saturó su personalidad explosiva. Y mi cuerpo estuvo presente, atento, sensible. La adrenalina de una marcha, de un grito liberador, de estar en escena, de la búsqueda incansable.