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Una pausa poética

Una pausa poética

27Sobre «Pausa Poética», por Rocío Estevez

Me dirijo al punto de salida y me pongo los auriculares. Pongo play. Una voz me da indicaciones. Luego, otra voz distinta empieza a relatar. Subo y bajo el volumen buscando el nivel adecuado de sonido que conviva con los ruidos de la calle. Camino hacia la plaza y me detengo como me dice la voz guía. Se me indica observar a la gente mientras escucho lo que sigue del relato. Me siento incómoda y me cuesta concentrarme. Pienso que voy a incomodarles yo también, a transmitirles mi extrañeza. Que se van a dar cuenta de que les miro, les examino. Que no estoy escuchando música, estoy haciendo otra cosa, parecida a leer con el cuerpo y los oídos. Sin embargo nadie parece darse cuenta, o nadie me lo dice con su mirada. Nadie sabe que, por mis auriculares, una ficción me da indicaciones para recorrer la plaza, mientras me hace protagonista de una historia. Me dirijo hacia los bancos que rodean la fuente, tal como me lo indica el relato. Me siento extraña en un lugar en el que estuve tantas veces, tan familiar: Plaza Moreno. Hace calor, y eso también empieza a incomodarme. Me cuesta entregarme a lo que esta ficción me propone porque estoy atenta también a los accidentes del territorio. Ahora pienso que quizás de eso se trate esta lectura caminante, con la escucha y con el cuerpo, expuesta a todo lo que se está moviendo en la plaza.

» Que no estoy escuchando música, estoy haciendo otra cosa, parecida a leer con el cuerpo y los oídos.»

El primer relato, “Extraordinario”, finaliza y ahora mi cuerpo quedó cara a cara con la catedral. Me dispongo a hacer “Catedral sonora”. Le doy play e ingreso a la catedral. No puedo evitar sentir que estoy profanando algo, y a la vez saber que no lo estoy haciendo en absoluto. Podría otro día volver a entrar a la catedral, escuchando cualquier tipo de música con mis auriculares, y cualquiera podría pensar que estoy rezando, reflexionando, meditando. ¿Se puede irrumpir físicamente en un lugar sagrado, no creyendo, sin ser disrruptivx? Pienso que sí. Bordear lo solemne, rozar lo consagrado, leer con el cuerpo y sobre todo con lo que se imagina al escuchar. La catedral es fresca, el sol ya no pega sobre mi piel. Es silenciosa, es fácil escuchar acá adentro. Sólo hay otras dos personas además de mí. Ninguna de ellas parece rezar. La catedral siempre está acá, y sin embargo hace años que no entro. Es oscura y a la vez luminosa, es bellísima. Me permito recorrer mientras escucho. El relato, que retoma un texto de Lispector, también tiene oscuridad, y sin embargo me genera a la vez simpatía. Habla de otra catedral, en otra parte del mundo, pero hay algo común en lo que escucho y lo que veo que hace que sea como estar en un lugar ficticio un rato. Disfruto de observar los símbolos mientras escucho esta historia. Llega su fin y con él, la hora de salir al mundo exterior.

«Bordear lo solemne, rozar lo consagrado, leer con el cuerpo y sobre todo con lo que se imagina al escuchar.»

Me decido a hacer el último relato de esta experiencia. Se me indica ir hacia la diagonal, así que bajo las escaleras y me alejo de la catedral. Nuevamente aparecen los ruidos de la calle, tengo que volver a subir el volumen. Mientras comienza “La ciudad suena” camino por diagonal 74, alejándome de Plaza Moreno, en dirección a Plaza Hipólito Yrigoyen. La ficción, creada a partir de un relato de Doris Dörrie, trata de una pareja en disconformidad. La voz narradora es el personaje protagonista, que siente la distancia de su pareja. Es un fluir de la conciencia de este personaje que se siente ajeno a los cambios de un otro. Caminando por el boulevard, decido sentarme en un banco mientras continúo escuchando. Imagino que estos conflictos que la ficción narra acontecen en una de las casas que tengo frente a mí. Tengo la sensación de estar escuchando un relato sumamente íntimo, y sin embargo yo estoy expuesta, afuera en la calle, en el mundo exterior. Pienso que así observa el personaje narrador a su pareja, desde afuera, excluida de un mundo interior que le resulta inaccesible, así como yo observo esas casas que no me pertenecen, a las que no puedo entrar.